Antes de entrar deja fuera tu rabia y tu ira. Bienvenido a este bosque encantado, un lugar donde podemos dar rienda suelta a ese niño que todos llevamos dentro, tienes mi permiso para dejarlo salir y que haga locuras. Sumérgete en este mundo mágico de las hadas y los duendes y vuelve pronto, te esperaré agitando mis alas.

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lunes, 19 de junio de 2017

La soberbia del árbol (Cuento tibetano)


Hace muchísimos años que en la cumbre más alta del Himalaya se levantaba un árbol gigantesco, de extraordinaria frondosidad, a cuya sombra iban a cobijarse todos los habitantes de aquellas apartadas regiones.

Y ocurrió que cierto día, un santo monje budista llamado Shinram, extenuado por el calor y la fatiga de una larga caminata, fue a sentarse a la sombra acogedora del gran árbol. Y el bonzo no pudo por menos que dirigir al espléndido vegetal palabras de agradecimiento y admiración.

Es evidente – le dijo – que debes gozar de la protección de algún poderoso dios, puesto que ni el huracán ni las ventiscas – que tan violentas son en el Tibet – han podido desbaratar tu magnifica melena, ni abatir tu soberbio tronco en el curso de los siglos. ¿Es acaso el mismo dios del Viento quien te protege?

¡Ni mucho menos! – contesto el árbol con altivez, sacudiendo sus frondas con un ruido semejante al trueno -. Por ese lado te engañas, anciano. Nunca me ha protegido ninguna divinidad, y menos aún el maligno Viento, que no tiene amigos ni perdona a nadie.

Entonces…- dijo el monje.

Lo que sucede – interrumpió el árbol – es que nadie ni nada puede contra mí, por fuerte y poderoso que sea. Cuando el viento se desata furioso y arrolla con su ímpetu a los demás árboles, se detiene como agotado ante mí potencia y se retira, mudo y temeroso, deseando en su corazón que yo no me encolerice contra él y le castigue severamente.

Tales palabras, llenas de soberbia y de necia jactancia, indignaron al bueno de Shinram, sabido es que los tibetanos adoran los lagos, los montes, los bosques, el sol, y diversos fenómenos como manifestaciones de su dios.

También aquel monje, al igual que otros muchos bonzos budistas, creía que el dios creador de todo lo existente se unió con otro del sexo femenino, y de su unión salieron los hombres primitivos, o pequeños dioses, y la Tierra.

Es decir, que Shinram, creía que el Cielo y la Tierra venían a ser como seres de distinto sexo; el Cielo, masculino, tenía como principio fecundante el Sol, el cual emitía los gérmenes de reproducción en los “fecundísimos senos de la Luna” la cual los enviaba a la Tierra, ser femenino.

Los coreanos, en cambio, creen descender de una vaca que vivía en las playas marítimas, aunque las clases nobles, en su orgullo, se han denominado siempre hijos del Sol.

Mirando fijamente al soberbio árbol, el monje budista exclamó con acento indignado: – ¿No te da vergüenza?, ¿Cómo te atreves, miserable vegetal, a emplear ese acento lleno de desprecio para uno de los dioses más poderosos, que es el terror del universo?

Y poniéndose de pie, decidió a abandonar aquellos lugares, añadió: – me voy de aquí aunque cansado y deseoso de sombra y de frescura, no puedo detenerme ni un minuto más a hablar con un ser tan indigno y necio como tú.

Acto seguido marchándose indignado, apoyándose en su grueso cayado y murmurando palabras de enojo contra el soberbio árbol, se alejó..

Pero aún no había desaparecido en la lontananza, cuando el cielo se oscureció, la tierra se puso a temblar y presentándose el Viento en persona y con un espantoso silbido, agitando amenazadoramente sobre el árbol sus potentes brazos hechos de nubes.

Cuando el árbol vio al poderoso dios junto a él, se estremeció hasta sus más profundas raíces y en su fuero interno deseó no haber pronunciado jamás aquellas insensatas palabras.

¿Qué tal arbolito? – aulló el Viento -. ¡Así que yo no soy bastante potente para ti! ¡Ja, Ja!

Y al reír todos los árboles del bosque se doblegaron aterrorizados hasta el suelo. El Viento prosiguió diciendo, malhumorado: – ¡muy bien! ¡De manera que te tengo miedo! ¿No sabes que si yo quisiera te derribaría en un instante como el más pequeño de los arbustos? Si ahora te he perdonado la vida, ingrato, y te he conservado intacto durante siglos, es porque en la noche de los tiempos, cuando el mundo era todavía en gran parte un caos, el dios Brahma, cansado del trabajo de la creación del mundo, vino a reposar a tu sombra. ¿No lo sabias, acaso? – No, no lo sabía – acertó a murmurar el árbol. – Y ha sido precisamente en memoria de aquel hecho – agrego el Viento -, por lo que te he concedido la vida hasta hoy. Pero tú me has insultado, me has ultrajado, y por eso mereces el castigo más atroz. Pero no lo aplicaré ahora, sino mañana.

¡Perdón! – suplico el árbol -. ¡Te prometo no volver a hacerlo!

Pero el Viento, sin hacer caso de tal suplica, prosiguió con tono amenazador: – quiero castigarte a la luz del sol para que todos puedan ver como el Viento trata a los ingratos y soberbios. ¡Hasta mañana!

Y tras haber lanzado un último silbido que abatió a los arboles de la selva y heló a las fieras en el fondo de sus guaridas, desapareció tan rápidamente como había venido.

Poco después vino la noche y el silencio y las tinieblas envolvieron al mundo. Todas las plantas se adormecieron rendidas y temerosas. ¡Solo el árbol del Himalaya velaba en su angustia! Y, acongojado, decía para sí: “¡Con que gusto me desdeciría de cuanto he dicho al monje budista y me retractaría de todo! ¡Ahora quien sabe lo que me espera! Probablemente seré arrancado de cuajo, hecho pedazos y triturado; mi tronco y mis ramas serán esparcidas por la selva, marchitos y secos, y solo serán útiles para arder en una hoguera. ¡Después de tantos siglos de vida y reinado, seré borrado de la faz de la Tierra…!”

Pero a medida que iba meditando en estas cosas, se le ocurrió que tal vez existía un remedio heroico, una última esperanza de sobrevivir: resistiendo la furia del Viento.

Si – murmuro el árbol -, despojado de todas mis ramas y de todas mis hojas, podre resistir mejor los embates de mi enemigo.

Y así los hizo seguidamente. En un momento se despojó de todas las ramas, se arrancó hasta la última hoja, y las primeras horas del alba encontraron, en el lugar del árbol magnifico, señor de la selva y rey de todos los bosques, un miserable tronco, mutilado y desnudo.

Unos momentos después se presentó el Viento, como había prometido. Venía lleno de cólera y deseoso de vengarse. Pero entonces ocurrió algo curioso, sorprendente.

Cuando el dios estuvo junto al árbol y lo vio sin hojas y con las ramas y las flores esparcidas por el suelo, su cólera se desvaneció instantáneamente y comenzó a reír con una risa primero breve y queda, luego fuerte y sonora, que invadió toda la tierra y la sacudió hasta sus cimientos.

¡Por fin una vez recobrado el aliento, dijo con ironía: – En verdad que no te conozco, árbol soberbio! El castigo que tú mismo te has infringido ha sido mucho más atroz que el que yo habría podido aplicarte con toda la fuerza de mi cólera. Ahora eres un espectáculo realmente grotesco, porque todos se reirán de ti: los animales y las plantas, los hombres y también los dioses. ¿Qué mayor venganza contra un soberbio y necio como tú? ¡Ja, Ja!

Y profiriendo sonoras carcajadas regresó a la áurea morada de los dioses, dejando al árbol triste y humillado.