Antes de entrar deja fuera tu rabia y tu ira. Bienvenido a este bosque encantado, un lugar donde podemos dar rienda suelta a ese niño que todos llevamos dentro, tienes mi permiso para dejarlo salir y que haga locuras. Sumérgete en este mundo mágico de las hadas y los duendes y vuelve pronto, te esperaré agitando mis alas.

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martes, 18 de noviembre de 2014

Las Galletitas (Jorge Bucay)

GALLETITAS

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.
Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer como que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.
Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!

Una gran lección de generosidad

lunes, 10 de noviembre de 2014

El beso de Romeo y Julieta

Shakespeare presenta el primer beso entre Romeo y Julieta con la misma vertiginosidad y precipitación con la que acaecen casi todos los sucesos de esta historia de amor prohibido, salvo aquellos en los que al genial autor le interesa detener el paso del tiempo.

Ocurre en la fiesta de Capuleto, a la que una casualidad o giro del destino ha llevado a Romeo. Tras contemplar a Julieta, de cuya belleza queda cautivo a primera vista, Romeo se dirige a ella en una conversación en la que el lenguaje religioso y la atracción carnal configuran una atmósfera de tensión que precede al beso.

En ese juego, los labios de Romeo serán peregrinos que deben expiar el pecado que las manos del joven Montesco han cometido tocándola. Ella, por su parte, rebaja el ímpetu del joven recordándole que los labios están para consagrarse a la oración y no a otra cosa. La hábil réplica de Romeo supera la contención de Julieta, que parece invitarle a tomar la iniciativa diciéndole que las santas permanecen inmóviles cuando otorgan su merced. Entonces Romeo pasa a recoger ese fruto de su oración que es el beso de Julieta. La excusa para un nuevo beso está servida, pues el pecado ha pasado de los labios de Romeo a los de Julieta y la única forma de purificarlos es devolver el pecado a los labios de donde procede con un nuevo beso.